La fábrica de lo mismo: la falta de riesgo creativo acecha al séptimo arte.

Desde los orígenes del cine a finales del siglo XIX este se convirtió en un territorio lleno de imaginación y creación artística. El ser humano encontró la posibilidad de registrar la realidad en movimiento, de manipularla, de proyectarla ante un público; esto transformó de manera radical el modo en el que se contaban historias. A partir de aquel momento, el cine ha estado marcado por grandes innovaciones técnicas, estéticas y narrativas que han llegado a nuestros días dando forma a la industria que es hoy. Y es precisamente bajo el peso de esta industria donde observamos una creciente pérdida de originalidad; fórmulas repetitivas, obsesión por beneficios económicos… ¿Realmente existe una falta de ideas en el cine actual?

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La sensación de estancamiento creativo que tienen tanto expertos como espectadores se sustenta en argumentos sólidos; nos basta revisar la cartelera de los últimos años para ver el aumento de secuelas, precuelas, remakes, adaptaciones de cómics, videojuegos… Este tipo de cine se ha convertido de modo aplastante en el sustento de la taquilla mundial. De igual modo, todo tipo de franquicias aumentan su número de entregas con variaciones mínimas de argumento. Ante este panorama, es muy comprensible que el espectador sea consciente de una clara crisis de innovación y de una dependencia de fórmulas ya probadas. Los grandes estudios también favorecen esta situación ya que el riesgo económico es cada vez menos tolerado y la apuesta por proyectos sustentados por un alto número de espectadores se haya convertido en tal habitual modelo de negocio; de ese modo se prioriza la seguridad económica. Como resultado encontramos esa sensación de abandono de un espíritu creador en beneficio de la rentabilidad por parte del cine.

Pero maticemos estos argumentos; no es necesario decir que desde siempre el cine ha sido un arte industrial y que, a diferencia de otras disciplinas artísticas, depende de un conjunto más complejo de creadores: técnicos, actores, diseñadores de decorados, distribuidores… lo que nos lleva a que la cuestión económica esté siempre presente y los niveles de libertad de los cineastas queden algo condicionados.

Pero tampoco reduzcamos el cine a las obras que simplemente buscan dominar la taquilla mundial. También existen otras independientes, de autor y de mercados menos influyentes que mantienen viva la búsqueda de novedosas formas de expresión y, de ese modo y aunque no alcancen muchas veces una difusión masiva, mantener la vitalidad creativa de los autores.

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¿Debemos entender siempre la originalidad como la invención de obras inéditas? No debemos caer en este error; desde siempre, la narrativa humana se ha organizado alrededor de estructuras establecidas y esta búsqueda de identidad podemos verla desde el punto de vista de su representación y conexión con su tiempo histórico.

Muchas películas contemporáneas, sin ser novedosas, ofrecen formas de originalidad a través de propuestas complejas, lenguajes poéticos o miradas singulares sobre la experiencia humana.

También el uso de nuevas tecnologías ha significado la creación de nuevos caminos de experimentación. Aunque frecuentemente asociadas al cine comercial, nos ofrecen la posibilidad de combinar esta vanguardia tecnológica con fines artísticos y originales.

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Hablemos del pasado y su huella sobre el modelo de negocio actual. Si entendemos que las generaciones que crecieron con determinadas películas hoy representan el pilar económico de asistencia a las salas, explicaremos el motivo por el que la industria explota esa memoria para ofrecer un regreso a ese tiempo pasado. Aquí también podremos observar que esto no implica siempre falta de originalidad; también existen nuevas versiones de obras anteriores que, aportando nuevas visiones y actualizaciones, las reinterpretan de manera creativa e innovadora.

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Veamos el ámbito global. Si nos centramos en la industria estadounidense es muy posible que esa sensación de agotamiento creativo que observamos sea más acusada, aunque siempre con diferentes propuestas fuera de la industria únicamente comercial. Quizá observemos una mayor atención a propuestas más arriesgadas en el cine asiático o latino que buscan más explorar características históricas y sociales desde puntos de vista más novedosos.

Todo esto nos demuestra que las ideas originales no han desaparecido; quizá tengan que convivir con un cine de consumo rápido y masivo y buscar su espacio en otro tipo de plataformas más accesibles para el público en general.

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Hemos hablado de nuevas plataformas. El público ha cambiado sus hábitos de consumo y, aunque nunca antes se había producido tal cantidad de cine, esta amplia oferta puede llevar al espectador a centrarse en ideas fácilmente reconocidas y a no explorar en busca de experiencias más originales ocultas entre todas las disponibles. Quizá nosotros también tengamos que aportar un poco más de esfuerzo.

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Volvamos a nuestra pregunta inicial: ¿se ha perdido la originalidad en el cine actual? Si únicamente nos centramos en esa originalidad como la invención de ideas nunca vistas es muy posible que en cierta medida haya ocurrido, pero quizá debamos volver a reseñar que siempre han existido unas fórmulas concretas que han guiado la forma de interpretar una obra por parte de su autor.

Hemos visto que el predominio de franquicias en el cine actual corresponde más a un punto de vista económico que a la falta de originalidad. El cine sigue mostrándonos obras que sorprenden y van más allá de lo establecido. Como espectadores, debemos saber buscarlas y apoyarlas, contribuyendo a que no se pierdan entre todas las opciones existentes. Hablemos de una transformación de los modos de expresar una idea más que de falta de originalidad. Sigamos descubriendo su riqueza creativa.

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