Luces, sombras y pantallas. Diálogo sobre el cine.

Una cafetería tranquila, a media tarde. Dos cinéfilos de largo recorrido se encuentran tras varios meses sin verse. Sobre la mesa, un par de cafés humeantes y varios libros de cine.

  • No sé si te has dado cuenta, pero ya casi nadie habla de ir al cine como antes. Dejó de ser un ritual; ahora, está más cercano a ser una rareza.
  • Sí, es curioso. Hace unos días, un amigo me decía que no recordaba la última vez que pisó una sala. Todo son plataformas… Incluso puedes acceder a estrenos desde el sofá. Y empiezo a pensar que ya ni se cuestiona.
  • ¿Sabes qué me entristece más? Que existe toda una generación que no ha vivido la experiencia de la pantalla grande como algo mágico. Supongo que para ellos, el cine es un archivo digital. Y no los estoy culpando… La industria tampoco lo ha sabido defender.
  • Estoy de acuerdo. Aunque, siendo justos, las salas también tienen su parte de culpa. Creo que durante años se han acomodado en la costumbre de repetir fórmulas: proyecciones mediocres, sonidos atronadores y poco cuidados… y eso sin hablar del precio de la entrada. Para una familia promedio acudir a una sala pasa a convertirse en un lujo. Y luego se sorprenden de que la gente prefiera pagar una suscripción mensual y ver lo que quiera y cuando quiera en casa.
  • Ya… Pero aun así, la experiencia nunca será la misma. Hay cosas que el streaming nunca va a poder ofrecer. Por ejemplo, esa sensación cuando se apagan las luces y el murmullo cesa. O cuando la imagen de la pantalla inunda todo tu campo visual y la historia te absorbe sin distracciones de ningún tipo.
  • Sí… Además del formato. Incluso las películas más pequeñas, al verlas en salas, adquieren otra dimensión. Creo que hasta los silencios pesan más.
  • Exacto. Pero entiendo que las plataformas ofrecen algo muy tentador: el control sobre todo lo demás. Como decías, el espectador decide cuándo, dónde y cómo ver la película. Puede pausar, repetir, ver en distintos dispositivos… Y además cuenta con una oferta abrumadora. Pienso que hay algo adictivo en ese acceso instantáneo.
  • Sí y no, ¿a qué costo? La facilidad a veces convierte la experiencia en algo anodino. Hoy la gente empieza una película mientras cena, la pausa a la mitad para atender al teléfono móvil, la termina al día siguiente. Todo fragmentado, sin ningún tipo de continuidad emocional. Y creo que el cine, como arte, exige de una atención sostenida.
  • Y sin embargo, ahí están las cifras. Las plataformas dominan. Incluso las grandes productoras priorizan sus catálogos online.

…….

  • El modelo ha cambiado, pero no sé si para bien. Si te das cuenta, ahora muchas películas parecen pensadas directamente para verse en streaming. Todas tienen un ritmo acelerado, un montaje rápido… como si carecieran de menos riesgo estético. Todo quizá diseñado para evitar que el espectador se aburra y cambie de título a los diez minutos.
  • Sí, eso es cierto. Y tenemos algo que influye en gran medida en la producción, el algoritmo. ¿Sabías que algunas decisiones de casting o guion se basan en los datos de visualización? Si el algoritmo detecta que determinado actor genera más reproducciones, lo priorizan en futuros proyectos. Podríamos decir que es el triunfo del contenido sobre el arte.
  • Que palabra tan fea si hablamos de cine, ¿no crees?: “contenido”. Como si una película fuera un relleno más en una cadena de consumo. Pero claro, no nos engañemos, hoy todo es contenido, desde un estreno hasta un tutorial de cocina.
  • Y que decir tiene que esa visión industrial del cine también provoca cierta uniformidad estética. Muchas películas actuales, sobre todo las producidas por plataformas, tienen esa fotografía plana, iluminación digital sin pasión, encuadres funcionales pero sin alma…
  • Supongo que es el precio de la masificación. Pero no todo es negativo. También existen propuestas valientes que, sin las plataformas, no tendrían distribución. Películas pequeñas, de países sin una gran industria detrás, documentales arriesgados… Antes era tarea casi imposible acceder a todo eso.
  • Eso es verdad. Aunque también hay que matizar. Al final, la mayoría de esos títulos se pierden ante tal oferta existente. Requiere de cierto ejercicio de voluntad encontrarlos.
  • Y tiempo. Quizá el gran enemigo del cine actual no sea ni el streaming ni las salas vacías, sino la falta de tiempo real para verlo con atención. Todo se ha vuelto tan acelerado…
  • ¿Sabes? Vivimos en la época de la dispersión. Hay tanto para ver que al final uno termina no viendo nada realmente. O viendo en modo automático. Por eso valoro tanto las salas todavía, porque te obligan a comprometerte durante esas dos horas.
  • Pero incluso estas están cambiando. Ahora hay proyecciones con comida gourmet, butacas reclinables, experiencias premium… como si el cine por si solo ya no bastara.
  • Eso es un síntoma del cambio de la industria: convertir el cine en una especie de parque temático. Ya no venden la película, sino el “paquete de experiencia”. Pero también entiendo la necesidad de adaptarse.
  • Es posible, pero me preocupa que se esté perdiendo la esencia. Antes, uno iba al cine por la película, no por la butaca, ¿no piensas igual?
  • Totalmente. Pero hay que reconocer que las nuevas generaciones ven el cine desde otro punto de vista. Para muchos, la pantalla principal ya no es la del cine ni la del televisor, sino la del dispositivo móvil.
  • Y no les parece un problema…
  • Digamos que todo eso es inevitable. Pero quizá el reto esté en preservar una cultura crítica del cine, independientemente del soporte. Formar espectadores atentos, que puedan valorarlo más allá de la inmediatez.
  • Eso ya es un reto educativo. Hoy casi no se enseña a ver cine, ni en escuelas ni en casa. Muchos, incluso, utilizan las pantallas como guarderías digitales.
  • Y eso crea un círculo vicioso; menos educación cinematográfica, menor interés en el cine como arte, mayor consumo superficial. Y por supuesto, las industrias únicamente responden a esa demanda.

…..

  • Y sin embargo, aquí seguimos, como dos nostálgicos, hablando todo este tiempo sobre cine. ¿Crees que tú y yo somos una especie en extinción?
  • Quizá. Pero de igual modo creo que siempre habrá cinéfilos. Aunque sean minoría, aunque cambien las formas. Siempre habrá quien valore la experiencia estética del cine.
  • Eso quiero creer. Aunque a veces pienso que vamos camino a un mundo donde todo es “contenido corto”, listo para ser consumido mientras se pasa a la siguiente tarea.
  • El cine como acto paciente, como viaje, va en contra de esa lógica.
  • ¿Y qué piensas del futuro? ¿Crees que las salas sobrevivirán? ¿O estamos viendo sus últimos años?
  • Eso es difícil saberlo. Yo creo que sobrevivirán, pero como espacios muy especializados. Quedarán salas independientes, festivales… espacios para un público concreto.
  • Un poco como ocurrió con la música y el vinilo, ¿verdad? Desapareció del mercado masivo, pero encontró su lugar en coleccionistas y melómanos.
  • Sí, exactamente. El cine podría volverse un arte únicamente para un público apasionado y fiel. Y quizá, con menos presión comercial, hasta se recuperaría cierta libertad creativa.
  • Quién sabe. Quizá en ese nuevo ecosistema haya más espacio para la experimentación, para el riesgo.
  • Y hasta que eso llegue, nosotros seguiremos defendiendo la pantalla grande, aunque sea a contracorriente.
  • Siempre. Porque hay cosas que no caben en una pantalla de cinco pulgadas. Porque el cine, al final, no solo es ver imágenes; es compartir un tiempo, una emoción, un espacio con otros.
  • Sí. Eso es algo que ni el mejor algoritmo podría replicar.

Silencio breve. Ambos toman un sorbo de café, como si ese momento también fuera una escena digna de permanecer en la memoria.

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